lunes, 27 de diciembre de 2010

La diferencia entre iluminar y alumbrar

A muchos iluminadores nos han enseñado una frase que dice que no es lo mismo iluminar que alumbrar. Esta máxima se refiere a la importancia de la luz escénica, su utilidad específica sobre el escenario, que la convierte en un agente dramático y estético más, a la altura de otras disciplinas escénicas como el vestuario o la escenografía, y cuyo ejercicio implica una complejidad mucho mayor que la de encender una bombilla con un interruptor. En realidad es un ejemplo muy gráfico para neófitos y gente ajena a la escena y la iluminación, que yo mismo he usado en mi actividad como docente. En efecto, iluminar un espectáculo no es colgar unos cuantos focos para que se vea el escenario, como alumbramos cualquier nave industrial. Se entiende entonces que alumbrar es llenar de luz un espacio para facilitar la visibilidad e iluminar es hacer lo mismo pero delimitando el espacio y dotando su atmósfera de un significado.
Sin embargo, ambas palabras significan lo mismo. La primera acepción en el diccionario para iluminar es alumbrar, dar luz o bañar de resplandor; las dos vienen del latín illuminare, de donde una evolucionó al castellano alumbrar a través del latín vulgar y la otra es un cultismo, es decir, una palabra rescatada del latín clásico en épocas más o menos modernas, casi transcrita desde la lengua original; y por último, la mayoría de acepciones de ambos vocablos se refieren al hecho de dar luz a un lugar oscuro, en su sentido físico y en el metafísico.


Lo cierto es que no podemos olvidar que la principal función de la luz sobre la escena sigue siendo el mostrar lo que pasa en ella. La luz cumple sobre el escenario su función básica y primordial, alumbrar el espacio para que el público pueda ver lo que sucede sobre las tablas. Es de libro, si el público no ve lo que pasa deja de recibir la mitad de la información (la visual) que cualquier espectáculo contiene. Pero también es cierto que no solo llenamos de luz el escenario (la mayoría de las veces ni siquiera eso, ya que con ella acotamos espacios sobre el mismo) sino que dotamos al espacio de una atmósfera especial y tratamos de mostrar con la luz sólo algunas cosas, y las que mostramos lo hacemos de una manera concreta, o a veces las resaltamos sobre las demás para atraer sobre ellas la atención.
Cuando hacemos todo esto, lo único que estamos haciendo es aplicar los medios disponibles en nuestras manos para alumbrar ciertas cosas de manera que otros las vean como queremos pero, en parte, eso es algo para lo que la luz se ha usado desde que en los albores de la tecnología el ser humano fue capaz de utilizar fuentes luminosas y alumbrarse con ellas.
Entendemos que la utilización de la luz se ha hecho siempre buscando sacar el mayor rendimiento a las luminarias, cuales fueran, y que se han iluminado los espacios de nuestra cotidianidad según la necesidad de cada momento o la importancia de cada uno de ellos. Hoy día, en nuestras casas, encendemos solo las luces de las habitaciones que ocupamos , incluso en algunas de ellas disponemos de varias lámparas que utilizamos para diferenciar ambientes y dispositivos que sirven para atenuar la cantidad de luz que desprenden. Hay toda una rama de la iluminación, la arquitectural, que se dedica al estudio y la aplicación de la luz en los espacios que habitamos cotidianamente, mediante el uso de la luz diurna como de la artificial. No estamos dejando de alumbrar, pero alumbramos con una finalidad más allá de la simple visibilidad de los objetos que nos rodean; como sucede sobre el escenario, la luz pasa a ser generadora de ambientes y delimitadora del espacio que usamos.
En los espectáculos, esta especificación de la aplicación de la luz mediante la manipulación de todas las propiedades del haz (dirección, color, intensidad, apertura, forma y definición) se lleva a extremos tales que, junto con su desarrollo en la línea temporal del espectáculo, conseguimos crear un lenguaje visual propio mediante el cual ayudamos a la comprensión del espectáculo. No solo se visibiliza un espacio y se le dota de un ambiente característico, sino que mediante toda una gama de recursos técnicos podemos hacer que el espectador capte visualmente el mensaje que el artista sobre la escena pretende hacer llegar al público y lo entienda mejor desde el punto de vista intelectual y también desde el emocional (como contar cuentos de terror a la luz de una fogata o una vela; su efecto perdería muchos enteros si se hiciera bajo la luz plana y fría de cualquier oficina).
Pero toda la parafernalia tecnológica que se puede desplegar a la hora de iluminar el escenario no es capaz de camuflar el significado primordial de esa palabra: poner luz, hacer que se vea. Da igual cómo o para qué lo hacemos, estamos enseñando al público lo que está sucediendo, y para ello no hacemos más que encender la luz.
Con el paso de los años, a pesar de reconocer la efectividad de la vieja frase para explicar en qué consiste este oficio, cada vez estoy más convencido de que los que iluminamos no hacemos sino alumbrar, palabra que reivindico porque me parece más bonita y certera, quizá porque se ha originado en la lengua que hablaba el pueblo y ello le proporciona un sabor bastante artesanal y casero, y porque su definición aclara muy bien qué hago básicamente en mi trabajo: poner luz o luces en algún lugar, llenar de luz y claridad.

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