martes, 26 de febrero de 2013

La paradoja de la luz invisible




La siguiente entrada forma parte de un trabajo sobre iluminación teatral que he realizado para la asignatura Teoría del Arte, del Grado en Historia del arte que estoy cursando. Espero que disfruteis.

la paradoja de la luz invisible
Imaginemos al pintor en su estudio. Acaba de terminar su cuadro, que tapa con una tela para ocultarlo a la vista de varios de sus amigos, a los que se dispone a enseñárselo. De repente descubre su obra recién pintada y sus amigos la observan. Tras unos segundos uno de los amigos se atreve con el primer comentario:
-Magistral el lienzo, me encanta que sea lino en vez de algodón, que es una tela menos sugerente. El trazo del lino lo llena todo de texturas superinteresantes.
-Y qué bien tensado, por favor… ¿los montas tú o los compras ya montados en el bastidor? – añade otro.
-Sí, lo he comprado ya montado pero… ¿y de la pintura qué me decís? – inquiere el pintor, perplejo.
-Ah, está muy bien, no te has dejado nada de la tela sin pintar, todo muy bien relleno – concluye el tercero.
El pintor, con cara de circunstancias, tapa el cuadro, agradece a sus amigos las críticas y los invita a pasar al salón a tomar un café.
Esa historia un tanto absurda se repite en muchas ocasiones en términos parecidos con la iluminación teatral.El diseñador de iluminación, tras un mes o dos de trabajo, muestra, junto a los demás integrantes del equipo artístico, su obra al público y el público ve el trabajo de los intérpretes, del escenógrafo, del figurinista, del músico… ¡hasta el del director! Preguntado el espectador medio acerca de la iluminación, tras dudar unos segundos, dice: “Ah, sí, se ha visto todo muy bien”. Para este tipo de espectador, el que llena las salas en mayor porcentaje, la iluminación teatral viene a ser como la doméstica: hay un interruptor en la pared, cuando oscurece se acciona y se enciende una bombilla. Hay luz y se ve mejor, con más claridad. Fin del asunto iluminativo.